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jueves, 27 de abril de 2017

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Violencia de género: ¿qué pasa con los hijos? 

Hoy hemos logrado que se hable de la violencia, lo que es un avance. Sin embargo, al referirnos a la violencia de género hay un punto que no podemos descuidar y que se encuentra circunscripto a la llamada violencia “doméstica”, aquella que ocurre puertas adentro, en un terreno muy íntimo como es la familia. 

Es importante tener en cuenta que cuando nos referimos a la violencia dentro de una familia hay muchas formas de “violentar” al otro. Muchas veces nos quedamos con las imágenes extremas y tremendas del golpe físico, aquella que deja una clara huella en el cuerpo. Pero pocas veces consideramos otros tipos de violencia que dejan marcas, aparentemente no visibles pero sostenidas en el tiempo: la violencia verbal y no verbal. 

Las palabras tienen una fuerza tan poderosa como un golpe, capaz de dejar la autoestima devastada. Lo mismo ocurre con los gestos que acompañan estas expresiones. En este sentido, muchas veces son los niños quienes quedan atrapados en esta red. Ellos, según la etapa del desarrollo que estén transitando, son altamente perceptivos y capaces de captar hasta el más mínimo detalle de estas expresiones. El problema es que los adultos no registran esta capacidad, en general la subestiman sin comprender que los hijos aprenden de lo que viven. Esta vivencia en el plano psicológico es altamente confusa para su desarrollo emocional. 

Cuando los hijos quedan atrapados en el medio de una violencia explícita de los padres, les cuesta poner en palabras aquello que están viviendo. Por tal motivo, las manifestaciones comienzan a ser sintomáticas, es decir, el cuerpo comienza hablar, ya sea a través de síntomas físicos o emocionales, pudiendo derivar en el futuro en patologías más severas según los casos. 

Estos síntomas también surgen cuando la violencia está dirigida a ellos. En estos casos, el tema es muy complejo, ya que los niños van estructurando su personalidad a partir de las experiencias de afecto dadas por sus padres. Aquí es donde surge la confusión. Muchas veces en la clínica se observan niños maltratados que igualmente quieren volver con sus madres o padres a pesar de lo vivido. Parece paradójico pero la respuesta es “pero es mi mamá”. 

El otro punto tieneque ver con la responsabilidad social, es decir, de todos. Hoy más que nunca  es fundamental que  comencemos a trabajar a fondo con lo contrario a la violencia, es decir, el respeto. Este valor que se ha perdido y que justamente tiene que ver con la capacidad de reconocerse y reconocer al otro. Aquel que es capaz de verse a sí mismo y valorarse será capaz de valorar al otro por lo que es. Este es el “antídoto” y dependerá de cada uno y de lo que  hagamos con él para colaborar en que la violencia en todas sus formas pueda tomar otra dimensión. 

Andrea Saporiti, Magíster en Matrimonio y Familia (Universidad de Navarra), psicóloga y profesora del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral. Texto adaptado de: , acceso en 18/10/2014.  

45. De acuerdo con el texto, Andrea Saporiti afirma que 
A) el hogar es todavía un sitio en que los niños se sienten amparados por la violencia que les acosa. 
B) la violencia física todavía se sobrepone a los demás tipos de violencia de género. 
C) el ambiente familiar refleja directamente en el desarrollo físico y emocional de los niños. 
D) las expresiones no verbales son sencillamente captadas por los niños, aunque sus efectos no les ocasionen enfermedades. 
E) generalmente a los padres les cuesta verbalizar lo que sienten y sus acciones resultan en violencia explícita. asirios”.

C) el ambiente familiar refleja directamente en el desarrollo físico y emocional de los niños. 


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