Cuando los hijos quedan atrapados en el medio de una violencia explícita de los padres, les cuesta poner en palabras
aquello que están viviendo. Por tal motivo, las manifestaciones comienzan a ser sintomáticas, es decir, el cuerpo
comienza hablar, ya sea a través de síntomas físicos o emocionales, pudiendo derivar en el futuro en patologías más
severas según los casos.
Estos síntomas también surgen cuando la violencia está dirigida a ellos. En estos casos, el tema es muy complejo, ya
que los niños van estructurando su personalidad a partir de las experiencias de afecto dadas por sus padres. Aquí es
donde surge la confusión. Muchas veces en la clínica se observan niños maltratados que igualmente quieren volver
con sus madres o padres a pesar de lo vivido. Parece paradójico pero la respuesta es “pero es mi mamá”.
El otro punto tieneque ver con la responsabilidad social, es decir, de todos. Hoy más que nunca es fundamental que comencemos a trabajar a fondo con lo contrario a la violencia, es decir,
el respeto. Este valor que se ha perdido y que justamente tiene que ver con la capacidad de reconocerse y reconocer al
otro. Aquel que es capaz de verse a sí mismo y valorarse será capaz de valorar al otro por lo que es. Este es el “antídoto”
y dependerá de cada uno y de lo que hagamos con él para colaborar en que la violencia en todas sus
formas pueda tomar otra dimensión.
Andrea Saporiti, Magíster en Matrimonio y Familia (Universidad de Navarra), psicóloga y profesora del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral. Texto adaptado de:, acceso en 18/10/2014.
Andrea Saporiti, Magíster en Matrimonio y Familia (Universidad de Navarra), psicóloga y profesora del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral. Texto adaptado de:
C) el ambiente familiar refleja directamente en el desarrollo físico y emocional de los niños.
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